Nervios, pocas protestas y aplausos en la distancia en una investidura inédita en Washington

“Love, pass it on” (“amor, pásalo”). Este mensaje, escrito en letras rojas junto a tres corazones, está pegado en la gran valla metálica de más de dos metros de altura que separa el Capitolio de los visitantes. Al otro lado, tres soldados de la Guardia Nacional. Un pequeño gesto de paz, en una ceremonia en la que se le ha pedido a la gente que se quede en casa y vea el evento por la televisión.

Bajo un sombrero con los colores de Colombia decorado con un pin en el nombre tachado del expresidente Donald Trump, Marta Duque, una profesora de Florida, relata que siempre fue su sueño asistir a una investidura.

“Nadie me quiso acompañar, todo el mundo está miedoso. Pero yo me vine. Porque Biden es una persona que tiene un corazón de oro”, dice.

Duque es una excepción, en las calles de la capital casi no hay curiosos, lo que sí hay son miembros de las fuerzas armadas vestidos de camuflaje y periodistas.

Elisabeth Nelson y Amy Richads, dos vecinas que diariamente pasean a sus perros por los, ahora cerrados, jardines del Capitolio, explican que normalmente las tomas de posesión, gane el partido que gane, suelen ser un día de fiesta en la capital.

“La primera investidura de Barack Obama fue maravillosa. Las calles estaban llenas, no cabía más gente”, recuerda Nelson, quien lleva viviendo en la capital desde 1985 y explica que está jubilada desde hace cuatro años.

Entre risas, explica que, para la toma de posesión de Donald Trump, se fue a Baltimore, una ciudad vecina, a visitar un museo para saltarse la investidura.

“Tanta seguridad, desafortunadamente, es necesaria debido a la pandemia y al asalto del Capitolio, era necesario que fuese diferente este año. Me entristece, pero creo que está bien”, dice Nelson.

En voz baja, Chris Linn, un seguidor de Trump, dice a elDiario.es que pese a que no “haya pruebas exactas” tiene “dudas” sobre los votos de las elecciones presidenciales y que vino desde California para participar en la marcha pro-Trump del 6 de enero. Las falsas acusaciones de fraude de Trump no tenían ningún sustento y los tribunales rechazaron las querellas de sus abogados (que tampoco llegaron a alegar fraude).

“Vine para apoyar a mi partido y a mi presidente”, dice Linn. Recalca que él no entró dentro del Capitolio ese día.

Matt Luceen tampoco cree que el sistema de votación del país sea seguro y protesta de manera pacífica fuera del Capitolio, pero no por Trump, sino por el excandidato demócrata Bernie Sanders. Él no cree que Biden ganara las primarias. Su manera de justificarlo es que Sanders “llenaba estadios” en algunos mítines.

Al mediodía, cuando Biden se convirtió en el nuevo presidente, los aplausos resonaron en la capital. Las veinteañeras Donna Birdsong y Ellis Liddle aprovecharon el momento para bajar a su portal y aplaudir, gritar de alegría y bailar. No les importó ni que la gente les estuviera mirando ni las frías temperaturas, que hicieron que minutos antes se pusiera a nevar.

Esta es su primera investidura y dicen estar felices no solo por el cambio de gobierno, sino también por el hecho de que por primera vez en la Casa Blanca haya una vicepresidenta mujer, Kamala Harris.

Otras voces que suenan alrededor del Capitolio son las de grupos religiosos. Para hacerse oír, el reverendo Cloud no solo usa su voz, sino también su shofar -cuerno musical-, instrumento que el pastor afroamericano ha recubierto con banderas de Estados Unidos.

Pero no todas las actuaciones son bienvenidas, ejemplo de ello es lo poco que le gustó a la Policía cuando un hombre vestido de túnica se puso a rezar a gritos y a hablar sobre el apocalipsis cerca del Capitolio.

La rápida reacción que tuvieron las fuerzas de seguridad fue evacuar la zona y dejar al individuo solo predicando a gritos. Pese a la tensión que se sentía entre los curiosos y periodistas que se alejaron un bloque, a la media hora el hombre se calmó y abandonó el lugar de forma pacífica.

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